El Cafecito del Amor
Un ritual que nació entre dos,
y ya vuela a muchos.
— Jorge —
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i.
Hay un ritual que nació hace muchos años, entre dos tazas pequeñas y una mirada.
Cada mañana, Margarita y yo brindamos. No con champaña, no con grandilocuencia. Con café. Un café que humea apenas, que cabe en la palma de la mano, que dice todo sin decir nada. Brindamos por la vida, por el amor, por la familia, por los aprendizajes. Por todas las dificultades que nos han templado. Por todos los desencuentros que —ay, paradoja hermosa— nos han permitido reencontrarnos más frescos, más genuinos, más profundos cada vez.
Lo llamamos el cafecito del amor. Y ya se va extendiendo ese nombre, con su ritual incluido, a la familia entera.
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ii.
Llevo café en las venas. Literalmente.
Mi madre lo disfrutó durante todo el embarazo. Y al nacer yo, el ritual simplemente continuó —de la mañana hasta la noche— sin que nadie lo decretara, porque algunas verdades no se decretan: se heredan. Se infiltran. Se vuelven parte del pulso.
Cuando pienso en lo que el café ha hecho por mí en estos 76 años de salud de hierro —la memoria, la atención, la conectividad neuronal, ese estado de presencia alerta y amable que acompaña las mejores conversaciones— me sorprendo pensando que la ciencia tardó décadas en confirmar lo que mi madre ya sabía en su sabiduría amorosa: que esta semilla es medicina. No la medicina intervencionista que impone, sino la más benigna: la que acompaña, la que despierta, la que predispone al encuentro.
Un enteógeno, en el sentido más puro. No el que altera la realidad, sino el que la revela. El que dice: aquí estás, aquí está el otro, aquí está el mundo, ábrelos.
Y yo la bendigo, a esa madre que sin saberlo me inoculó una onda portadora. Una frecuencia de amor que se activa cada mañana cuando el café humea y la taza es pequeña y los ojos del otro están cerca.
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iii.
Esta mañana el aroma me lleva lejos. A Etiopía.
Al lago Tana, a las cataratas del Nilo. Del otro lado, contemplando su magnificencia, medité en Menelik —el hijo de Salomón y la reina de Saba— y en los misterios del Arca de la Alianza. ¿Por dónde navegó? ¿Estuvo en ese lago? ¿Reposa en Axum, la antigua capital imperial de Abisinia, adonde peregrinamos buscando las huellas de nuestra querida abuela Lucy en el Valle del Afar?
Fue toda una aventura —que luego relataré con detalle porque estuvimos a punto de ser llevados a Somalia— pero en ese momento, yo solo miraba el agua. Como si el sonido de las cataratas me transportara a los misterios portados por el Nilo.
Y fue allí, en Etiopía —la tierra madre del café—, donde una taza pequeñísima y preciosamente decorada llegó a mis manos. Fue una ceremonia. El tintineo de los pocillos. El humo suave. El aroma que no necesita presentación porque llegó antes que el lenguaje.
Soy colombiano. Honro los ancestros que nos permitieron la magia de todas las variedades del café. Pero en ese momento comprendí algo que el olfato sabe antes que la mente: la semilla madre estaba aquí. En esta tierra madre. Abisinia. La humanidad saliendo desde la gran herida del Rift, expandiéndose, llevando consigo algo que aún no tenía nombre pero que ya olía a fraternidad.
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iv.
Hay algo que la neurociencia apenas empieza a articular y que el ritual siempre supo: la memoria no es solo almacenamiento. Es convocación.
Cada sorbo de café convoca. Convoca la mañana, el amor, la conversación que vale la pena tener. No es casualidad que las grandes amistades, las ideas que transforman, los amores que duran cincuenta años se hayan gestado muchas veces alrededor de una taza de café.
La cafeína dilata el tiempo subjetivo de la atención. La teofilina suaviza la broncoconstricción del miedo. Y algo más, innombrable, que no está en ningún manual, abre el pecho y dispone el corazón a la fraternidad.
Mi madre lo sabía. Etiopía lo sabía desde mucho antes. Y hoy, en este cafecito del amor, lo sé yo también.
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v.
Pero esta mañana no solo pienso en el café. Pienso en la amistad.
En la amistad en estado silvestre. Esa que no necesita protocolo ni escenario, que germina sola como el café en las laderas de Kaffa —en las tierras primigenias donde la humanidad empezó este viaje doloroso y difícil hacia la tierra prometida de la hermandad.
Dos millones de años no son nada —o son todo— cuando el café aún silvestre extendía su aroma de humanidad amistosa y profunda. El pasado es presente en Etiopía. Los obeliscos de Axum. Las iglesias de La Libella labradas en la roca donde el canto y la danza ortodoxa de un cristianismo primigenio aún trae los ecos de las catacumbas.
Y entonces pienso en los guardianes impecablemente luminosos en su azul profundo. En el misterio de lo que custodian. En las frecuencias que ningún instrumento ha podido todavía nombrar del todo. El Arca, la luz, los que la miran y quedan ciegos de tanto ver. Hay verdades que ciegan porque son demasiado grandes para la pupila ordinaria. Y hay otras que simplemente alumbran: como el café, como la amistad, como el amor que dura.
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vi.
Otro sorbo. Intenso. La ceremonia termina.
Pero en el ritual sagrado siempre se abre algo al cerrarse: el corazón al misterio de la amistad que señala, desde el Rift, las rutas sagradas de la fraternidad.
Ahora evoco con Margarita la magia del cafecito del amor. Y te invito a ti, a quien escucha esto en cualquier rincón del mundo: ¿tienes una taza cerca? ¿Tienes alguien con quien brindar? No importa si es café, o té, o agua con memoria.
Brinda. Por la vida. Por el amor. Por todos los desencuentros que te han permitido reencontrarte.
Hoy bendigo la amistad en estado silvestre que germinó en las tierras primigenias donde la humanidad empezó su viaje. Bendigo la semilla madre en la tierra madre. Bendigo a Lucy, nuestra abuela, y a la madre que me infiltró con su amorosa sabiduría la onda portadora del café.
Conspiremos juntos por el amor.
Con el alma.
Unalma · El Cafecito del Amor · Podcast









Gracias por inspirar con una historia tan bella e íntima a tomarme un café, a saborearlo y disfrutarlo al unísono de una palabra compartida, de una mirada cálida, y de un corazón abierto.
Conmovida y fascinada por este poema a la vida, el amor y la amistad: : ” Un cafecito del Amor”. Un nuevo domingo, me dispongo a meditar …y que alegría encontrar tus escritos que nos guían y acompañan desde el Alma!
Gracias de todo corazón!