VOTAR POR TODOS
Una meditación sobre la patria que compartimos antes de que nos digan quiénes somos
Esta mañana uní mis manos en mudra de oración. No recé por un partido ni por una orilla. Recé por Colombia, por Perú, por España —y por todas las patrias que contemplan sus mitades como si fueran opuestas. El gesto era simple: dos palmas que se encuentran, diez dedos que se reconocen. Dos mitades que suman uno. Y en ese instante comprendí, una vez más, lo que olvidamos con tanta facilidad: que la unidad no es uniformidad. Que dos manos juntas son más hermosas que una sola levantada en puño.
Hoy hemos votado en Colombia. Ayer votaron los peruanos. Pronto votaremos los españoles. Y en cada urna, en cada papeleta, late la misma pregunta que no nos atrevemos a formular en voz alta: ¿voto por los míos, o voto por todos? ¿Voto contra alguien, o voto por algo? ¿Voto el miedo que me han enseñado, o voto el amor que soy antes de que me enseñen?
Nos han hecho creer que somos de izquierdas o de derechas, progresistas o conservadores, creyentes o ateos, blancos o negros. Pero eso no es lo que somos. Puede ser nuestra postura, nuestro color, nuestra forma de manifestarnos en un espacio y un tiempo dados. No es nuestra naturaleza esencial.

Nuestra naturaleza es anterior. Es el sustrato que comparten el campesino y el banquero, el indígena y el mestizo, el creyente que reza hacia La Meca y el ateo que reza sin saberlo al contemplar un amanecer. Esa naturaleza se llama humanidad. Y la humanidad no puede ser plenamente humana si no es con toda la naturaleza que la contiene: los Andes y los llanos, la selva y los mares, el norte vasco y el sur andaluz, el oriente catalán y el occidente gallego, el centro castellano que guarda en su meseta la memoria de todos los vientos.
Una patria es mucho más que un país o una nación. No es una nacionalidad: es un paisaje único e irrepetible de la humanidad con toda su naturaleza. Colombia sin los Andes no sería Colombia. España sin el Mediterráneo que la baña y el Atlántico que la abraza no sería España. Y ninguna de las dos sería lo que es sin las personas que la habitan, que la lloran, que la celebran, que a veces la traicionan y siempre, al final, la extrañan.
Hace unos días, el Papa visitó España. Y en un estadio colmado de humanidad diversa surgió un aplauso. No fue el aplauso de los suyos —fue el aplauso de todos. Un instante en que el Mediterráneo dejó de ser una frontera, en que el norte tuvo sentido porque había un sur, en que los océanos nos unieron y la redondez del ser se reveló en este planeta disuelto en la unidad de sus aguas. Ese aplauso no duró mucho. Nunca duran mucho. Pero mientras duró, éramos lo que somos cuando nos acordamos.
Entre las dos orillas, el cauce de la vida porta el agua abundante del amor que somos cuando no somos sólo el cauce o las orillas. Somos río también en la corriente turbulenta. Y en el remanso. Y en la cascada.
El río no elige orilla. El río es la corriente que las une haciéndolas posibles. Sin orillas no hay río. Sin río, las orillas son sólo tierra seca que no sabe adónde ir. La derecha y la izquierda, lo propio y lo ajeno, el arriba y el abajo —son orillas necesarias. El error no está en que existan. El error está en olvidar que entre ellas corre algo vivo, algo que da de beber a todos sin preguntar su nombre.
Vivimos tiempos de Torre de Babel. Nunca habíamos tenido tantos canales de comunicación, y nunca nos habíamos sentido tan solos en el ruido. Las pantallas multiplican las voces y enmudecen la escucha. Los algoritmos nos devuelven siempre nuestra propia cara —amplificada, enojada, convencida de que los otros están equivocados. Así se construye la ilusión de la mitad que se cree totalidad.
Pero la especie que olvida que es especie —que su inmunidad es colectiva, que su metabolismo es la biosfera, que su mente emerge de un campo compartido— esa especie se autodevora. No por maldad. Por amnesia. Olvidamos que la diversidad no es el problema: es la solución. Que las etnias y las culturas no son obstáculos para la humanidad; son sus expresiones más vivas. Que la unidad no se construye borrando las diferencias sino cultivando la capacidad de maravillarnos ante ellas.
Perder o ganar, en esta hora del mundo, no es una metáfora deportiva. Es una ley de sistemas. Las partes que se desconectan del todo generan entropía. Las partes que se reconocen en el todo generan vida. Eso lo sabe la célula, que coopera sin saberlo con millones de células para que exista el organismo. Eso lo sabe el ecosistema, que sostiene en su red de relaciones la posibilidad de cada especie. Eso lo sabemos nosotros —cuando nos acordamos.
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Hoy voté. Voté por el agua que porta la humanidad de todos. No en blanco, no contra los otros. Voté por mi patria —la mía y la de los otros. Por esa tierra que no es de los unos o los otros sino de todos. Voté por el agua que corre entre las orillas. Por la corriente que no tiene partido. Por el río que llega al mar sin preguntar de qué país es el océano.
Y al salir de la urna, me pregunté qué pasaría si cada uno de nosotros, antes de hablar de lo que nos divide, se detuviera un instante a juntar las manos. No para rezar a ningún dios en particular. Para recordar, simplemente, que tenemos dos manos —y que son más útiles y amorosas cuando se encuentran.
Somos raíz y somos nube. Somos orilla y somos río. Somos, sobre todo, ese amor que fluye entre las dos orillas y que —cuando somos de verdad humanos—nos reúne en la más bella expresión de la unidad: la fraternidad.
Jorge Iván Carvajal Posada · · Madrid–, junio 21 de 2026









dr. Carvajal y colaboradores de Unalma.
muchas gracias; leer las reflexiones, hacer las meditaciones, aprender de ustedes, de su humildad, de su sabiduria, muchas veces me saca lagrimas.
dr. yo tambien vote, lo hice en socorro santander y lo hice como usted por el agua, no solo la que me quita la sed, sino que lo hace con animales y ver una planta marchitarse bajo el ardiente sol del medio dia y ya al atardecer verla revivir con tan solo un vaso de agua me genera una emoción que no puedo describir, porque es como: estuve muerta pero he vuelto a la vida.
pero tambien vote por lo mas sublime del amor: la paz y la armonia, y nunca votare en blanco porque necesito estar viva.